El mecanismo se repite con precisión quirúrgica. Julio Rafael Valenzuela utiliza su portal de noticias (El Tucumano) para erigirse como el gran auditor de la moral pública, señalando con el dedo a la dirigencia política y pontificando sobre la ética de los tucumanos. Pero la pregunta que el escenario impone es brutal en su simplicidad: ¿qué se esconde detrás de la careta de este falso paladín de la transparencia? Los expedientes judiciales y societarios, esos que no se pueden borrar con un click, revelan que detrás del “periodista independiente” opera un violento acorralado por la Justicia, un parásito de los fondos públicos y el encubridor de los horrores más oscuros de su propio clan.
La aspiradora del Estado y la Pyme ñoqui
El hombre que dicta cátedra sobre derechos humanos tiene un prontuario psiquiátrico y violento que aterra. Acorralado en el fuero de Familia (Expediente N° 6419/20) por una medida de protección de persona interpuesta por su ex esposa, Valenzuela tuvo que confesar ante una jueza sus propios estallidos de furia. Las actas oficiales transcriben su confesión literal:
“Le he dicho insultos e improperios” y “no le pego a ninguna puerta, le he pegado a la pared, me lastimé los nudillos”.

El magnate que factura fortunas con el Estado intentó dar lástima en los tribunales afirmando:
“Me fui con dos calzoncillos, dos medias, y con mi mamá que no quería que salga a la calle”.
Pero la careta de víctima se cae con sus propios actos. En pleno aislamiento estricto por COVID-19, confesó haber violado las normas del COE para irrumpir en su casa, sin importarle que la madre de sus hijos padeciera la enfermedad. Más aberrante aún es su incursión en el ciberdelito doméstico: los documentos prueban que Valenzuela usurpó la identidad digital de su ex mujer e involucró a su propio hijo menor, dándole claves hackeadas para espiarla. Una manipulación perversa que se corona con mensajes extorsivos dirigidos a la madre de sus hijos: “Voy a pedir ADN para los chicos”.

La violencia de Valenzuela no conoce límites ni jurisdicciones. En la Justicia Federal, agredió a los gritos a una empleada de mesa de entradas. Cuando la trabajadora, aterrorizada, le dijo que la estaba maltratando, él respondió con un cinismo digno de un sociópata: “Es que soy un gran actor”. ¿El resultado? Una nueva orden federal de restricción de acercamiento de 300 metros por 180 días. El patrón de la medianera de Tafí del Valle, captado infraganti trepando un muro del local cerrado para espiar y acosar a los turistas de un hospedaje a bordo de la camioneta Ford Kuga (PNF 304) de su socia, no es un periodista investigando; es un desquiciado violando la propiedad privada y la intimidad ajena.

Pauta, Poder y Pedofilia
El dato más macabro de esta estructura paraestatal es su función de encubrimiento. Valenzuela ataca a la dirigencia para demostrar poder de fuego y blindar a su propia familia. Su hermano, Jorge Alejandro Valenzuela, está denunciado penalmente en el expediente P-85509/2019 por el delito de Abuso Sexual Simple Agravado contra su propia hija. ¿Se puede ser más macabro?
La madre de la niña no solo denunció este horror intrafamiliar, sino que reclamó públicamente que Jorge Valenzuela cultiva y vende cannabis en su domicilio, asegurando que Julio Valenzuela le “salvó las papas” utilizando su influencia mediática para asfixiar a la Justicia y garantizar la impunidad del presunto violador. ¿Quién protege a la familia Valenzuela? ¿Quiénes son los cómplices?

La pregunta final es ineludible. ¿Puede un individuo con doble perimetral por violencia machista, que confiesa golpear paredes, que utiliza a su hijo para hackear cuentas, que parasita el Estado y que usa sus millones de pauta para encubrir la pedofilia intrafamiliar, seguir hablando de moral de Tucumán?

El silencio de los cómplices tiene precio, pero el daño a las víctimas y a las instituciones, ya es irreparable.




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